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El fenómeno de las Organizaciones de la Sociedad Civil, tiene una evolución histórica, como en todas las sociedades urbanas de su tiempo, en Buenos Aires se desarrolló durante el “largo” siglo XIX un intenso movimiento asociativo. Asociaciones voluntarias de distinto tipo comenzaron a remplazar, en el armado y estructuración de las

relaciones sociales, a las corporaciones propias del Antiguo Régimen, que en Hispanoamérica estuvo asociado con el régimen colonial. Esa evolución, que ha sido recientemente sintetizada, tuvo en esta ciudad, y en buena parte de la República Argentina, una inflexión peculiar debido al masivo proceso inmigratorio, que se aceleró en las últimas décadas del siglo XIX, y que forma parte central del proceso de modernización de la economía y la sociedad.


Otros aspectos concomitantes de ese proceso fueron el desarrollo de la producción agropecuaria, la construcción de la infraestructura de transporte y servicios, el crecimiento urbano y el desarrollo del sistema educativo. Desde el punto de vista del asociacionismo, la inmigración estimuló la constitución de muchísimas

asociaciones de base étnica, que agrupaban a los migrantes de las distintas regiones de países europeos por entonces mal integrados. Estas asociaciones, a la vez que mantenían algunos rasgos propios de las comunidades del origen, obraron como herramienta fundamental en la integración de los contingentes migratorios.


Desde principios del siglo XX, a medida que la sociedad se estabilizaba, y los hijos argentinos

remplazaban a los padres inmigrantes, el tipo de asociacionismo fue variando y, sobre todo, se diversificó. La creciente complejidad y diferenciación de la sociedad se tradujo en nuevas asociaciones dedicadas a la defensa corporativa de intereses sectoriales. El uso del tiempo libre estimuló otras orientadas a la sociabilidad y el entretenimiento, como los clubes sociales y deportivos, o las bibliotecas populares, que oficiaron de agencias culturales. El acelerado crecimiento de algunas grandes ciudades,


como es el caso de Buenos Aires, impulsó un tipo singular de asociaciones, formadas por vecinos interesados en el progreso de su barrio, tanto en sus aspectos edilicios, que solían ser el principal impulso, como en la sociabilidad. Desde fines del siglo XIX, e impulsadas sobre todo por los nuevos medios de transporte, como el tranvía eléctrico, fueron surgiendo nuevos vecindarios, al principio aislados, pero luego interconectados hasta cubrir densamente el perímetro urbano.


El proceso se prolongó, sin solución de continuidad, hacia los barrios de la periferia, el llamado Gran Buenos Aires.


Recordemos que en la Argentina la consolidación del estado nacional era relativamente reciente: solo en 1880 concluyeron las guerras civiles y se afianzó una institución capaz de monopolizar el ejercicio de la fuerza y establecer un orden jurídico. Ese triunfo estatal coincidió con la aceleración de la gran transformación económica, que el estado dirigió y orientó, sin encontrar grandes resistencias de parte de una sociedad que estaba en pleno proceso de articulación. La elite dirigente pudo desarrollar con pocas trabas su programa de crecimiento económico, consolidación institucional y nacionalización, en un sentido parecido al de muchos gobiernos de su tiempo. Desde principios del siglo XX comenzaron a escucharse, con creciente nitidez, las voces provenientes de distintos ámbitos de la sociedad, que buscaban participar en ese proceso de construcción, a veces para definir matices, otras para enfrentarse firme o violentamente contra algunos de sus aspectos. Las que más claramente se escucharon fueron las provenientes de las organizaciones de tipo corporativo: empresarios de distinto tipo, organizaciones de trabajadores o de productores agropecuarios. Pero el fenómeno fue mucho más amplio, se manifestó en una pluralidad de ámbitos y alcanzó, finalmente, la esfera de la política.


Leyendo todo este apunte de las Cofradias, podemos ver que el asociacionismo puede haber sido una escuela de democracia, pero también una escuela de exclusivismo, intolerancia, burocratización y patronazgo. Probablemente ambos componentes integren, en proporciones variables, cualquier experiencia democrática. Esa es nuestra pregunta para el caso argentino. Desde 1912 comienza un largo diálogo entre las instituciones del régimen político y aquellas provenientes de la sociedad.


Por lo visto las sociedades urbanas de la Argentina tuvieron, hasta las décadas de 1960 o 1970, una alta capacidad de integración. Buenos Aires y otras ciudades y de un modo diferente las áreas rurales modernas, absorbieron primero la inmigración masiva del exterior; luego, las migraciones internas de las décadas de 1930 y 1940 y finalmente, hacia

los años sesenta, la de los países limítrofes. En general, hubo para ellos empleo, y también educación gratuita y de buena calidad. Fue una sociedad muy móvil, en la que los hijos usualmente estaban mejor que los padres. En ese contexto, los conflictos sociales tuvieron

aristas menos duras y definidas que en sus contemporáneas de Europa o de América Latina.


Durante mucho tiempo el asociacionismo voluntario, construido sobre la base de la igualdad de la razón, ocupó espacios marginales y de combate, como lo eran, de manera muy característica, las logias masónicas. Allí creció y se desarrolló el liberalismo, en sus diversas variantes. En las décadas finales del siglo –con grandes diferencias según regiones- el nuevo asociacionismo ganó la batalla y se expandió plenamente: en vísperas de la Primera Guerra Mundial se llegó a la culminación de la “manía asociativa”.


En Europa y en América latina, a diferencia de los Estados Unidos, este proceso debe ser visto en paralelo con el paulatino y lentísimo retroceso de las formas de organización de carácter corporativo propias del antiguo régimen.


Esa expansión fue acompañada de una creciente especialización: por ejemplo, la separación

entre las asociaciones de tipo corporativo y las vinculadas con el entretenimiento y el tiempo libre. Por otra parte, la democratización de la sociedad, la creciente incorporación de nuevos contingentes a los beneficios de la vida urbana, introdujo distintos cortes en la práctica asociativa, religiosos, etnico-nacionales o simplemente clasistas: los obreros practican el remo por un lado y los burgueses por el otro. Finalmente, su creciente complejidad impulsó la formación de un grupo dirigente especializado.


Todo ello hizo más problemática la relación, antes natural, entre asociacionismo y búsqueda del bien común. En muchos casos, estas asociaciones se orientaron mas bien a definir identidades y a desarrollar mecanismos de exclusión; su práctica cotidiana, destinada a la reproducción de un grupo dirigente especializado y eficiente, se apartó cada vez más del ideal de la “escuela de la democracia” republicana. En el siglo XX, las experiencias democráticas plebiscitarias, distanciadas del modelo liberal y republicano, como el fascismo y el nazismo, pudieron arraigar naturalmente en un mundo asociativo que no las rechazaba.

30 de Mayo 2008. Universidad CAECE. Planificaciones y Gerenciamiento. Lic. N.A.

Bibliografía.

Roberto Di Stefano, Hilda Sabato, Luis Alberto Romero y José Luis Moreno, De las cofradías a las organizaciones de la sociedad civil. Historia de la iniciativa asociativa en la Argentina, 1776-1990. Buenos Aires.

Ricardo Falcón (director), Democracia, conflicto social y renovación de ideas. Nueva Historia Argentina, Tomo VI. Buenos Aires, Sudamericana, 2000.

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