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La pobreza esta presente en todas las regiones geográficas del mundo en la actualidad, en todos los grupos étnicos y en personas de todas las edades.


Algunos indicadores dicen que uno de cada 5 habitantes del planeta vive con menos de un dólar por día y el 56% de la población de los países en vías de desarrollo carece de los servicios de salud más elementales.


La pobreza se ha definido de distintas formas y se han atribuido múltiples causas a su producción y reproducción.


El diccionario de la lengua española la define como la falta de magnanimidad, de gallardía, de nobleza, de ánimo; mientras que se refiere a al pobre como el que no tiene lo necesario para vivir, o como infeliz, desdichado y triste.


Como podemos ver, dicha definición alude tanto a carencias materiales como emocionales.


Desde el punto de vista científico se ha definido a la pobreza con una forma de vida específica. (Lewis, 1968) el refiere a un conjunto de integrado de valores, normas y comportamientos característico de aquellos que viven en condiciones de pobreza.


En definitiva podemos decir desde PAS, que la pobreza es una condición de vida que promueve la presencia de patrones y estrategias psicosociales, los cuales inciden diferencialmente en el bienestar subjetivo de las personas.


Ser pobre representa no solo la tragedia del hambre y la desnutrición, o la falta de bienes y servicios primarios o la carencia de sustento.


Ser pobres conlleva alteraciones importantes en la conducta humana que privan a buena parte de las personas que la padecen de un desarrollo psicológico adecuado.


Los seres humanos conformamos nuestra forma de ser, nuestras actitudes ante la vida, nuestro comportamiento y nuestra personalidad en base a parámetros biológicos, genéticos, sociales y psicológicos.


Una alimentación escasa provocará desnutrición y el subsiguiente daño fisiológico, incluido el cerebral.


La miseria sostenida durante generaciones por familias que la hayan soportado, comporta patrones genéticos disminuidos como puede ser el peso y la estatura, entre otras características fisiológicas.


Los factores psicológicos y sociales que se derivan de la pobreza son igualmente determinantes en la formación de actitudes y formas de comportamiento diferentes.


La pobreza genera rasgos culturales propios como "pocos deseos de planear el futuro", "sentimientos de inferioridad y marginalidad", creando conductas de auto segregación, machismo en los hombres y conductas de mártires en las mujeres, "sentimientos de fatalismo", "desconfianza social" y una tendencia a vivir en el presente.


Es decir, comportamientos sin objetivos y metas en la vida tipo: Como vaya viniendo vamos viendo.


Entre los rasgos sociales hay situaciones de vida que marcan patrones de conducta tales como el hacinamiento y la ausencia de vida privada, alcoholismo, abandono de hogar, violencia social e intrafamiliar, autoritarismo en las relaciones de pareja y familia, ausencia de infancia como etapa de formación y de vida, bajo nivel educativo y analfabetismo funcional.


Todo esto trae como consecuencia un bajo rendimiento físico, así como igualmente intelectual.


El lenguaje, los conocimientos científicos, el aprendizaje cultural, social y escolástico serán limitados y aunque el trabajo, las habilidades y el esfuerzo existan, la pobreza no forma a las personas que la resisten para poder controlar su propio destino, surgiendo cuadros crónicos de desesperanza, frustración y depresión.


Desde hace más de medio siglo ha cobrado una fuerza sin precedentes la idea .


La pobreza está asociada con el aumento de personas sin hogar, el cuidado infantil inadecuado, los vecindarios inseguros, y las escuelas con escasos recursos.


Además, factores ambientales negativos tales como agentes contaminadores y carencia de agua potable tienen efectos perjudiciales en el desarrollo mental y físico que perpetúan y contribuyen a la pobreza.


Aquellos que viven en la pobreza tienen más de 3 veces las probabilidades de no tener seguro de salud. La carencia de seguro médico accesible, incluyendo cobertura de salud mental o de abuso de drogas, impide la salud y bienestar.


Los hombres y las mujeres en estas condiciones tienen cifras más altas de mortalidad y presentan una incidencia más alta de osteoartritis, hipertensión, cáncer cervical, enfermedad cardíaca coronaria, infección de AIDS/HIV, y otras condiciones crónicas de la salud.


Por consiguiente, los que son pobres sufren más enfermedades y más discapacidades que aquellos que no son pobres, limitando sus opciones de empleo y diezmando sus recursos financieros.


Los hombres que viven en pobreza tienen un riesgo más elevado de violencia y las mujeres que viven en pobreza tienen un riesgo más elevado de todo tipo de violencia, incluyendo abuso sexual infantil.


También más adultos mayores viven en base a rentas de retiro limitadas, tienen limitadas posibilidades de ganancias futuras y frecuentemente enfrentan costos de cuidados médicos abrumadores.


El impacto de la pobreza en las niñas y los niños es también significativo y duradero, limitando sus posibilidades de salir del nivel socioeconómico bajo.


Las niñas y los niños que son pobres están en mayor riesgo que aquellos que no los son de sufrir una gama de problemas que incluyen un bajo logro académico y un pobre funcionamiento socioemocional, y de sufrir retrasos del desarrollo, problemas del comportamiento, asma, mala nutrición, bajo peso al nacer y pulmonía.


Finalmente, los grupos de bajos ingreso son blancos de una discriminación basada en su nivel socioeconómico, así como en otros indicadores sociales tales como el género.


Personas de niveles socioeconómicos medios y altos exhiben actitudes y estereotipos que atribuyen la pobreza a las limitaciones personales del individuo más bien que a las estructuras y a los sistemas socioeconómicos en los que viven; y tienden a ignorar las fuerzas y las capacidades de las personas de niveles socioeconómicos bajos.


El orden público y los programas antipobreza también reflejan estos estereotipos. Los psicólogos y otros profesionales también muestran percepciones sesgadas de este tipo.


En suma, la pobreza es perjudicial al bienestar psicológico.


Diferencias de ingresos más grandes entre pobres y ricos lleva a índices de mortalidad más altos y baja la expectativa de vida para todos los miembros de la sociedad.


Además, los individuos de ingresos bajos tienen de 2 a 5 veces más probabilidades de sufrir de un desorden mental diagnosticable que aquellos de niveles socioeconómicos más altos, y, al mismo, tiempo la pobreza les plantea obstáculos significativos para conseguir ayuda para estos problemas de salud mental.

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