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No puede hablar del amor quien no haya amado, ni del dolor no padecido, sólo la verdad se ha revelado con la experiencia que ha tenido.


Creo que estamos inmersos en una sociedad de consumo donde todo se compra y se vende para ser usado. La línea divisoria entre objeto y persona ya no es tan nítida como solía serlo cuando no todo se podía comprar.




Por eso todo ser humano necesita amar y ser amado. La falta de amor produce una sensación de aislamiento y no pertenencia y un sentimiento de vacío difícil de llenar.


Cuando le preguntaron a Sigmund Freud al final de su vida lo que es para él un ser humano sano, contesta: «Aquel que es capaz de trabajar y de amar».


En efecto, todas las patologías que trata el psicoanálisis tienen un factor en común: sus inhibiciones a la hora de amar. El neurótico, el psicótico, el perverso, el psicosomático están absorbidos en sus pasiones, y pasión, ya lo sabemos desde Freud, sólo hay una: yo mismo. Yo, esa ilusión, ese intento siempre fracasado de reconstruir en el espejo, para no morir, la madre primitiva que lo podía todo.


Muchos creen que el amor es cuestión de suerte, como una lotería, sin embargo no es así, porque el amor verdadero exige esfuerzo y sabiduría.


El tema del amor ocupa mucho lugar en nuestras vidas; cataratas de palabras se han escrito sobre el amor, miles de canciones están basadas en el amor y hasta las tragedias pasionales tienen que ver con el amor.


Para el psicoanálisis el amor es del orden del deseo: no una pasión imaginaria donde el sujeto tiende, sin conseguirlo, a completarse sino un don activo. Cada vez que vuelvo a caer en la ilusión de completar tengo inhibiciones para trabajar, para amar, para crear. El sujeto, cuando acepta que no puede poseer al otro acepta su carencia y se transforma en sujeto deseante en continua transformación.


El amor surge, por lo tanto, ahí donde un amado se transforma en amante, es decir un deseable en deseante.


La mayoría de las personas pretende ser amada y todo el esfuerzo está orientado a atraer a alguien que la ame dispuesto a satisfacer su necesidad de afecto, sin tener en cuenta la propia capacidad de dar amor.


Nadie cree que sea necesario aprender algo sobre el amor porque lo consideran un arrebato propio de la naturaleza, confundiendo de esta manera una ocasional experiencia emocional con el amor verdadero.


Tampoco nadie quiere renunciar al amor romántico y desean que luego se consolide y se transforme en algo siempre romántico pero también serio, comprometido y que logre trascender los avatares del tiempo.


En estos tiempos podemos ver que las elecciones de pareja, ya no se basan en sentimientos, sino en requisitos que hay que cumplir dentro del espectro de la demanda general, determinado por la cultura y las modas.


Para Peck el amor es compromiso de crecimiento y de libertad, es expansividad física y espiritual. El acto de amar implica coraje y supone riesgos de asumir compromisos, cambiando con ellos el mapa de nuestra realidad.


De esta manera cada uno ofrece su mercadería tratando de que en el intercambio no exista un desequilibrio de valores que pueda interferir en la relación.


Por eso el amor es una piedra angular de nuestra humanidad; solamente el amor nos protege lo suficiente para crecer y para cambiar. Y cada vez más, es el elemento ausente en nuestras vidas, por lo demás afortunadas.


El amor sólo es posible cuando la comunicación entre dos personas no se realiza desde la superficialidad del ego sino desde la parte esencial de ellos mismos. No es algo estático ni tranquilo, es un desafío constante de dos libertades que quieren por sobre todas las cosas crecer y estar juntos.


El escritor Carlin Flora habló con una variedad de expertos de los que podríamos esperar que proporcionan una comprensión de estas cualidades. Desde investigadores de la familia hasta agencias matrimoniales, cada uno ha visto incontables parejas unirse y separarse después. Y cada uno sugirió lo mismo: ¿Estamos mirando al amor equivocadamente?


No obstante, cualquier persona que se ha acercado lo suficiente, ha leído a Jane Austen o Danielle Steele, o escuchado a Frank Sinatra o Celine Dion, sabe que no hay elixir como el amor.


Lo único que puede salvar al hombre del mundo robotizado que ha creado es el verdadero amor, interpretado como una unión cuya condición esencial es el respeto por la propia individualidad.

La llegada del amor o su triste partida no solamente es el drama más grande de nuestras vidas privadas sino que está en el centro de nuestras vidas públicas también.


Es, por ejemplo, un punto de destello político garantizado: ¿Exactamente el amor de quién tiene derecho a recibir el reconocimiento cívico o religioso? ¿Y quién recoge los pedazos cuando termina? Porque el amor puede ser un sentimiento muy bonito y bello cuando la emoción es sana y somos correspondidos. Pero cuando no es así, ésta puede llegar a tornarse sumamente dolorosa. Los abogados pueden darse grandes cenas gracias al amor roto, Como toda pérdida, tendrá sus fases: lloro, desconsuelo, incredulidad de que nos haya podido pasar, furia y rabia, necesidad de buscar culpables...


Es normal que nos pase algo de esto, y así debemos asumirlo. En cierto modo, hay una perdida y normalmente entendemos que es irrecuperable por ese mismo motivo desde la psicología se plantea que tras una separación vivenciamos un proceso de duelo.


El sentimiento de aislamiento es propio de la naturaleza humana y es el origen de la angustia. La vida del hombre de hoy se centra en cómo superar su soledad.


Resulta difícil lograr superar el estado de separación y lograr recuperar el anhelo de pertenencia y unión, en una sociedad donde el individuo no se puede diferenciar del otro. La masificación atenta contra la identidad y nos convierte en objetos que son más valorados y aceptados en la medida que hacen, dicen, usan, y piensan lo mismo.


Por eso cuando uno de nosotros está capacitado para crear. Crear es la expresión más alta del amor: dar lo que no se tiene a quien ni siquiera conozco.


En Psicología de las masas Freud escribe que en el desarrollo de la Humanidad, como en el individuo, es el amor que ha revelado ser el principal factor de civilización, y aún quizá el único. El amor nace de un trabajo en común. En efecto, no hay amor sin un trabajo: el trabajo de producir sin descanso el amor, el trabajo de transformarse en humano. Y lo que nos hace humanos es encontrarnos con el lenguaje, sumergirnos en el mundo del deseo.


El amor sigue siendo algo que todos nosotros anhelamos, al menos en su extremo de recepción, pero que también nos resulta difícil de encontrar, o reconocer (o de mantener); y a veces, de dejarlo ir.


Por supuesto, querríamos que alguien compartiera nuestra risa, ser su mejor amigo así, alguien que no sólo escuche nuestras dudas y celebre nuestros triunfos sino también alguien que se suba a nuestro coche, para una escapada improvisada. Deseamos ser una mitad de un par cuyas características personales se mezclen tan bien, que nos hagan permanecer orientados el uno al otro en un mundo hiperestimulante como este. Tal certeza reside solamente en la compatibilidad, ese guisado crítico de los rasgos que importan (si solamente pudiéramos calcular qué rasgos son esos).


Es un modo de establecer vínculos casi tan parecidos como los matrimonios arreglados de antaño, que nos parecían tan ridículos y fríos.


Sin embargo, a pesar de tomar previsiones de toda índole y tratar de encontrar alguien con intereses compatibles, las parejas fracasan.


Estos fracasos nos demuestran que mantener un amor verdadero no es innato ni prefabricado sino que exige un aprendizaje. Se puede aprender a amar para siempre a alguien si tenemos mayor conciencia de nosotros mismos y podemos verdaderamente amar a alguien correspondido y no solo pasional.


El amor no puede ser nunca un arrebato pasional, sino un acto de entrega donde dar es más importante que recibir.


No significa una forma de dar sacrificándose o sufriendo sino dar lo mejor de sí mismo convirtiendo al otro también en un dador y creando felicidad para los dos.


El amor es un poder que produce amor, siempre que ninguno de los dos sea tratado como un objeto de uso.


Si una persona no ha superado la dependencia, la omnipotencia narcisista y su deseo de manipular para conseguir sus propios fines egoístas, tiene miedo de darse y por lo tanto también miedo de amar.


La unión amorosa que respeta la individualidad es la única que puede evitar la angustia que provoca el aislamiento y que al mismo tiempo le permite a una persona ser ella misma.


Porque amar exige cuidado, atenciones, responsabilidades, respeto y sabiduría; y la esencia del amor es hacer el esfuerzo necesario para hacerlo crecer.


La responsabilidad implica estar dispuesto a responder y no significa un deber o algo impuesto desde el exterior.


Respetar a una persona significa la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única y preocuparse por que la otra persona crezca y se desarrolle tal como es, no como el otro necesita que sea, como un objeto para su uso.


La compatibilidad no encaja en un cierto inventario personal de rasgos. La compatibilidad no es algo que tenemos. Es algo que hacemos. Es un proceso, algo que negociamos conforme vamos avanzando. Una y otra vez. Es una disposición, una actitud, una buena voluntad de trabajar.


La sabiduría es imprescindible para entender al otro en sus propios términos y para llegar a conocerlo a través de la unión amorosa, sin necesidad del pensamiento.

Es como la experiencia de Dios, que no se trata de un conocimiento intelectual sino de un sentimiento de intimidad y unión con él, y el amor al otro es primer paso hacia la trascendencia.

6 Responses so far.

  1. Excelente lectura gracias por compartirla

  2. Hermoso!!! Solo me quedo una duda, estos pensamientos tienen algo que ver con "El arte de amar" de Eric Fromm?

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